Javier Milei fue un presidente con más votos que legisladores. Tiene, ahora, más legisladores que votos. Las 47 manos que juntó en el Senado, para borrar al PJ del mapa institucional, son el registro más nítido. En octubre ganó con algo más de 41%, un triunfo modesto, nutrido del pánico (2 de cada 10 votantes lo hicieron por temor a que la derrota desatara una crisis económica) y beneficiado por la baja expectativa previa, pero el músculo legislativo se potenció.
El 26-O a la noche, La Libertad Avanza tenía 20 senadores. Ahora tiene un piso de 38 votos y roza los dos tercios. La foto de Diputados es –apenas– menos porno: la reforma laboral, en teoría el proyecto más escabroso de la Casa Rosada, juntó 135 votos y tramos ripiosos como el FAL, que le redirige U$S 2.600 millones de la Anses a un fondo para financiar despidos, pasaron sin ruido. No fue la ley original, más pretenciosa. Pero Milei, y así lo resolvió la mesa política libertaria, necesitaba una reforma laboral y la tuvo.


